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LA FE DE LOS FUNDADORES Escrito por P. Pedro Bretzinger

Un fundador en sentido religioso es alguien que en nombre de Dios crea algo nuevo. La palabra tiene dos connotaciones: “fundamento” hace pensar en las bases de una construcción. Sobre el fundamento se levanta todo un edificio, por lo cual tiene que ser sólido, bien pensado, apto para que la construcción descanse sobre él. Un fundamento mal puesto corre el riesgo de un gran fracaso: se puede derrumbar el edificio, por más que sea útil, bello, elegante. Por un error en el comienzo se puede ir para abajo todo un proyecto hermoso.

El segundo elemento del significado podemos mirar prestándonos la traducción alemana del mismo término: “Gründer”, “fundador” se llama alguien que desde el fondo de todo ser (Urgrund alles Seins) edifica algo nuevo. El término tiene cierta cercanía con él de “origen”. Una fundación brota del origen de todo lo que existe, de Dios. Por eso respira toda fundación un aire de originalidad, de novedad, de autenticidad.

Lo vemos en todos los comienzos a lo largo de la Historia de la Iglesia, siempre sucede lo mismo: un hombre, una mujer, o un grupo de personas tienen un encuentro profundo con Dios y desde allí comienzan algo nuevo.

Se percibe ejemplarmente en la figura de Moisés. En el relato de la zarza ardiente Dios irrumpe poderosamente en la vida de un ser humano. Abismalmente se percata de su condición de creatura, apenas aguanta su no ser nada frente a Él que lo es todo. Pero Éste le da señas de no quedarse en el abismo de su nada más bien abrirse con confianza a fin de recibir a Él que lo es todo, como don gratuito, sorprendente y sobreabundante. Y así, llenos de Dios, es capacitado a llenar a otros de Dios. Gratuitamente da lo que gratuitamente ha recibido de acuerdo a las directrices de Él que de ahí en adelante es su dueño y Señor en todos los aspectos de su vida.

Quedemos un momento interiorizando la imagen de la zarza ardiente: cierto ese arbusto es lo más inútil que hay, hasta molesta con sus espinas, no sirve para nada, provoca más bien arrancarla y quemarla para en delante dejar de molestar. Si en estos términos Moisés percibe su propia existencia no debemos pensarlo como pesimista respeto de su visión del hombre, es más bien lo que se suele experimentar en el encuentro con el Dios vivo y verdadero.

Innumerables hombres y mujeres a lo largo de la historia fueron privilegiados por tal encuentro con Dios. El encuentro con el fuego devorador purifica, ilumina e santifica, quema lo corrompido y deja lo divino, ennoblece lo humano y lo transparenta para lo divino. De ahí la fascinación que en adelante ejerce. El origen se hace visible en ellos, por eso son originales, auténticos, irrepetibles.

De este encuentro deriva una misión: un envío a un número determinado de personas que a través del encuentro con tal mediador tendrán luego su propio encuentro con Dios convirtiéndose en multiplicadores de la acción redentora de Dios en el mundo.

DESDE LA PROPIA VIVENCIA
En vista a fundadores preclaros cuyas obras han cambiado el rumbo de la historia, jamás les atrevería hablar de lo que nuestra pequeña comunidad junto al P. Vidal y mi humilde persona hemos venido experimentando, si no fuese desde la cierta percepción de tratarse, no de una obra nuestra, sino de Dios. Entonces todo cambia. No tengo que andar en falsos complejos sino simplemente dar testimonio de lo que Dios ha hecho, más pese a nosotros que por medio de nosotros.

Communio Sanctorum comenzó con un encuentro entre dos personas: el día de Pentecostés del año 1975 en Alemania, se dio la visita de una persona que debía cambiar el rumbo de mi vida: Se trataba del P. Vidal Gutiérrez. Narro en ese contexto únicamente los elementos que iluminan el tema propuesto. Desde el primer momento tuve intuitivamente la certeza de estar los dos destinados a una misión que debía abarcar toda nuestra vida. Ese encuentro fue preparado anteriormente por varias intervenciones de Dios, que permitían interpretar lo que en aquel día sucedía en continuidad con lo de antes. Pero eso no se percibía entonces sino desde la retrospectiva.

En el contexto de ese encuentro significativo surgieron dos preguntas: ¿“Quién es Jesús? Y ¿“Como ha querido que sea Su Iglesia?” Buscar una respuesta a esas dos preguntas, entendíamos debía ser el sentido de nuestra vida. La respuesta debía ser no teórica sino vivida. Comprendíamos que se nos pedía vivir nuestra fe de forma mundial y concreta a la vez. Desde esas intuiciones arrancaba la comunidad. Muy pronto sentíamos que nuestra vocación estaba compuesta de los elementos: de la contemplación y de la misión. Mitad monje, mitad misionero. Otro conocimiento que nos dio el Señor consistía en comprender nuestra vocación como una en dos personas, portadoras de una semilla de algo nuevo.

El decir “Si” a nuestro llamado no sucedía en forma de votos o promesas, más bien mediante un gran fervor de dejarnos llevar por ese impulso adonde Dios querría. A menudo se nos venía en la mente la figura de Abrahán, hombre que desde la fe dejaba su contorno para irse adonde no tenía idea. Dios le habló y él respondió. Siendo él el Padre de la fe consuelan sus incertidumbres, dudas, crisis e incluso la tentación de quitarle a Dios el protagonismo para hacer él mismo lo que pensaba tuviera que hacer Dios.

A esa primera etapa sucedía pronto la segunda en la que se levantaban muchas preguntas como por ejemplo: ¿“Porqué algo nuevo si ya existen tantas comunidades religiosas, incluso con el mismo perfil? ¿Qué podíamos responder cuando comprendimos bien la pregunta, sin embargo teníamos certeza desde la fe en lo que empezábamos a hacer? Nosotros les comprendíamos mientras que no nos sentíamos comprendidos por ellos. Optábamos por vivir lo más claramente posible el carisma que Dios nos había regalado, sin preocuparnos, ni mucho menos indignarnos, de ciertas críticas, a veces irónicas, que se nos hacían.

En nuestro caminar hemos recibido grandes luces de la vivencia de los santos. Su sabiduría nos guiaba y nos ponía en sintonía con su propia vivencia de la fe. “Si quieres servir a Dios, no debes preocuparte de nadie”, decía el santo hermano Nicolás. Significa cuando uno se hace pendiente de apreciaciones humanas y se aterroriza por no cuadrar con lo que piensan los demás, uno renuncia desde un principio a la autenticidad. No se trata de dar gusto a nadie sino de cumplir la voluntad de Dios con madurez y libertad interior, el resto es añadidura.

Siendo nuestro carisma ni excéntrico ni espectacular nunca hemos tenido grandes problemas en ese aspecto. Sólo una vez, y con mucha benevolencia, nos advertía el entonces abad del monasterio de Santo Domingo de Silos, Fr. Pedro Alonso, de lo difícil, sino imposible que fuese de vivir un carisma de misión y contemplación. “O la contemplación irá absorbiendo la misión o – lo cual le parecía más probable – la misión la contemplación”. Escuchamos el P. Vidal y yo con mucho respeto su consejo, pero debido a la voz interior que nos indicaba lo contrario, no dudábamos en seguir nuestro camino.

Una hermosa respuesta recibimos del cardenal Hans Urs von Balthasar. Fue así: pocos días antes de emprender la visita de nuestras comunidades en Alemania, el P. Vidal dio la recomendación a llevar nuestras primeras constituciones al gran teólogo pidiendo su apreciación cuando repentinamente falleció el cardenal. Pero en esa misma noche tenía un sueño: Visitaba a Hans Urs von Balthasar en una casa de retiro donde fue recibido amablemente. A l presentarle nuestras constituciones las queda meditando, luego dice:” todas las comunidades nuevas son expresión de la increíble creatividad del Espíritu Santo, sin embargo muchas de ellas son expresiones de modas espirituales. Entre ellas Communio Sanctorum será una grande luz”. Al día siguiente recibimos la noticia del fallecimiento del gran teólogo del que decía otro cardenal famoso, Henri de Lubac, que fuese el hombre más culto de la cristiandad.

Y así íbamos buscando nuestra identidad: dialogando con las personas que nos tenían que decir algo de Dios. Sucede en cierto sentido lo que pasa en cada ser humano que se plantea con seriedad la cuestión de su identidad. Es un proceso dialogal. Nadie puede saber quién es a no ser a través de muchas personas que están en su cercanía. Las que tienen el Espíritu de Dios le acercan, las que no lo tienen, le alejan a uno de su verdadera identidad. En este tiempo hemos visitado muchas comunidades religiosas mirando como hacían ellas, aprendiendo de ellas. No copiándolas sino empleando el principio de San Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno.”

La fundación de una comunidad nueva no corresponde al principio de una tabula rasa: es lo de siempre que hay que expresar creativamente de manera nueva. Dios es la eterna novedad, sin embargo nunca deja de ser Él mismo.

VOLVER A EMPEZAR EN LOS HIJOS
Una etapa nueva ha sido la gracia de recibir hijos e hijas espirituales en el mismo carisma. El hecho de darse fecundidad espiritual es un milagro de Dios. Hay que recibir los hijos cuando y cuantos Dios quiere. Es un regalo, no se debe manipular. Uno de los grandes santos del siglo XX, Carlos de Foucauld albergaba en sí el deseo de recibir hijos espirituales, pero no le lo fue concedido mientras vivía. Luego de morir, derramando su sangre en la arena del Sáhara, las comunidades de los pequeños hermanos y hermanas de Charles de Foucauld brotaron como hongos de la tierra y viven hoy la “espiritualidad del desierto” en las grandes ciudades del mundo.

Hay que saber esperar y no tener miedo a morir. Muchas comunidades religiosas emprenden una especie de proselitismo por miedo a morir. Es una falta de confianza en Dios. Otra vez es la persona de Abrahán el gran ejemplo de meditar: al estar dispuesto de sacrificar hasta a su único hijo Isaac es modelo de una fe sin límites y al engendrar a Ismael enseña negativamente como no se debe tratar con Dios. Conclusión: la cuestión de la fecundidad es un misterio escondido en Dios. Él puede en forma explosiva aumentar el número de los miembros de una comunidad o puede hacer madurar una semilla probando la paciencia y confianza hasta los límites y luego dar hijos, a veces cuando ya se ha dejado de esperar.

Al recibir hijos espirituales de Dios, sus padres recorren en ellos el mismo camino queellos han venido yendo hasta entonces. Los mismos retos, miedos, peligros, errores. Pero también esperanzas, expectativas, nuevas posibilidades de interpretación del carisma de la comunidad. ¡Cuánto se puede aprender de los hijos buenos! Su fervor y aspiración a la santidad es un aliciente de no ceder a la tentación de la mediocridad. La mejor satisfacción consiste en verse superado por los hijos en el papel de maestro que uno ha venido desempeñando hasta entonces. Al mismo tiempo el miedo de no haber insistido lo suficientemente en la base de la humildad que sostiene toda una vida de consagración y garantiza que todas las capacidades estén orientadas hacia el bien.

Cuan fácil proyecta el superior sus propios deseos y aspiraciones en los que vienen detrás. Con gran finura y sensibilidad le incumbe palpar lo que Dios tiene puesto en cada uno para no impedir, más bien favorecer, la obra de Dios en ellos.

San Francisco de Asís mostraba mucha tolerancia a la idiosincrasia de cada uno de los miembros del primer grupo que andaba con él. Es lo de Pentecostés: la unidad tiene que darse siempre en la diversidad de otra manera decae en uniformidad que es un atropello a la libertad del individuo y deja de ser por entonces obra de Dios.

¿Al educar a los hijos – adonde son de llevar? San Pablo lo explica: cada ser humano es destinado de reproducir en sí la imagen de Cristo. El contemplativo aspira a imitar a Cristo en Su misión de inmolación por la salvación del mundo.

PRUEBAS Y TENTACIONES
Son los medios que Dios utiliza o permite para hacer madurar una obra. Las crisis que evocan son para centrarla nuevamente y más hondamente en Dios.

Cuando el profeta Eliseo perdió a su padre espiritual, el profeta Elías pasaba por una dura prueba. La cercanía del maestro le trasmitía seguridad y fortaleza. Y ahora, ¿cómo continuar la obra gigantesca del gran hombre de Dios? Eliseo tenía la audacia de pedir dos partes del espíritu de Elías mostrando así su humildad. Para llevar adelante semejante obra había que comprometer a Dios. No era su ingenio el que garantizaba el feliz desenlace de la misión sino la oración más intensa, la confianza más audaz desde la conciencia de su nada.

Cuando falleció el P. Vidal, víctima de un accidente de tránsito, nadie podía predecir el porvenir de la obra, había llegada la hora de la confianza, de la entrega total. Se tomaba la decisión de no suspender ninguno de los proyectos por el lapso de un año para evitar así decisiones precipitadas y por otro lado, no faltar a la humildad, reconociendo los límites, en caso de no estar en condiciones de llevarlos adelante. Pero el Señor se mostró grande. Nada se tenía que suspender, todo seguía adelante, incluso se añadían otros nuevos.

Al día siguiente del entierro del P. Vidal se convocó a todo el profesorado y se lo advertía darle una oportunidad por el lapso de un año para mostrar su capacidad de atender con altura esa obra compleja de educación. Luego se extendió el plazo a tres años y, viendo que el trabajo iba paulatinamente mejorando, se autorizó a seguir de forma indefinida. En ese proceder servía de inspiración el relato del enfrentamiento de Israel con los madianitas. No con 30.000 guerreros quiso alcanzar el Señor una victoria esplendorosa sino con apenas 300 que ni siquiera habían sido los mejores, sino anormales y de rara conducta. Con esos pocos venció el Señor. Donde hay fe Dios puede hacer cosas asombrosas: “Es inimaginable lo que Dios puede con una persona que se le entregue incondicionalmente”, dice san Ignacio de Loyola. Y es comprobado, cuanto más débil el elemento humano más resplandeciente la gloria de Dios.

EXISTENCIA DE LAS FUERZAS DEL MAL
Santa Teresa dudaba de la autenticidad de una obra en la que quedaban ausentes los ataques del maligno para destruirla. En estos tiempos actuales apenas se habla de esa realidad escalofriante. Debería dar de pensar que ningún santo jamás dudaba de la existencia de las fuerzas del mal. Su combate espiritual, a menudo feroz, les hacía comprender de estar involucrados en una lucha de vida y muerte. Y desde el momento que tomaban la decisión de resistir al Maligno con las armas de la fe, se encontraban en una especie de “lista negra”, convertidos en objetos preferidos de sus asechanzas. Desde entonces tenían la impresión de trabajar “contraviento”. Tantas molestias, trabas, confusiones, que apuntaban a intimidar, desanimar, hasta desesperar. Pero precisamente entonces adquirieron conocimientos más hondos, una confianza más audaz, descubrieron la necesidad de vivir una actitud de infancia espiritual y de consagrarse a María cuya humildad les proporcionaba el triunfo sobre el gran enemigo.

ULTIMA PRUEBZA Y PURIFICACIÓN
El sufrimiento más grande de un fundador consiste en tener que mirar como los propios suyos destruyen la obra tergiversando la primera inspiración. Es el “infierno” del fundador. Donde sucede, el fundador se reconoce fracasado que irresponsablemente ha permitido la desviación de la obra. Los sufrimientos de San Francisco de Asís al terminar su rica vida derivaba de las reformas introducidas por uno de sus seguidores más valiosos: Fray Elías sentía la misión de romper el eclecticismo y dar acceso a un gran número de aspirantes a la vida franciscana. Su inspiración partía de la idea de salvar lo que genuinamente pertenece a la espiritualidad franciscana quitándola lo heroico que nunca ha sido más de unos pocos. San Francisco se negaba aceptar esa evolución de la orden, la tildó de traición, sin darse cuenta que el sufrimiento resultante de ese proceso debía servirle como última purificación antes de alcanzar la corona de su santidad.

Santa Teresa pasaba momentos amargos cuando le fue negada la hospitalidad de sus propias hermanas que ya tenían la misma cercanía de las antiguas quienes iniciaron la orden con ella.

Igual de triste terminaba San Juan de la Cruz. Con su pie infectado y adolorido se le negaba las atenciones más básicas tratándolo con desprecio e irrespeto. El humilde religioso sabía lo que tenía que hacer: pedía al Señor de permitirle sufrir tanto en esta vida para luego de morir no tener que pasar por el purgatorio sino salir directamente al encuentro definitivo con Dios.

En esta experiencias se percibe la madurez de la fe de los fundadores que mira este mundo con sus va y vienes con santa indiferencia. Almas inmoviblemente centradas en Dios a pesar de todas las noches que les probaban.

CONCLUSIÓN
La fe del fundador gira en torno a la fidelidad al carisma y la misión que Dios le tiene confiados. Es hombre de una idea a la que persigue a lo largo de toda su vida desde haberla recibido de lo alto. No es mejor que nadie pero Dios lo abastece con lo necesario para el cumplimiento de su misión. Existen casos en que, peor, puede haber manifestaciones escandalosas que hacen ver que Dios sabe escribir recto sobre renglones torcidos. El llamado a realizar una fundación de ningún modo trae consigo un automatismo de santidad ni siquiera de salvación. A lo largo de su caminar con Dios, el fundador vive de la certeza que la obra que tiene entre manos es obra de fe, tal que la percibe como colgante de un hilo finito y consciente que mientras que exista fe, nada lo puede romper, en cambio si no la hubiera, aunque fuese asegurada con cuerdas de hierro, con seguridad absoluta cayera.

TODA LA OBRA REALIZADA DEL FUNDADOR ES ENCARNACIÓN DE SU FE INVERTIDA EN ELLA.