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PAN Y VINO, CRISTO COMPARTIDO - VIDA DE TODOS Escrito por P. Pedro Bretzinger

Tres obras magistrales realiza Dios, según las Sagradas Escrituras: Dios Padre crea el mundo, Dios Hijo lo redime y Dios Espíritu Santo lo lleva a su término. En esta meditación miramos el misterio de Cristo. Es el gran regalo del Padre para el mundo. Bajo el signo de pan y de vino está presente entre nosotros hasta el final de los tiempos. De ello dan fe el AT y el NT. Miremos algunos de los textos principales:

1. Cuando Abrán regresaba de vencer a los reyes enemigos… Melquisedek, sacerdote del Dios Altísimo, le ofreció pan y vino y lo bendijo. Y Abrán le dio el diezmo de todo (Gen 14). Una bendición no tiene precio, no se la puede pagar con dinero. Pero Abrán se siente obligado de corresponder con algo de sus bienes materiales por lo que ha recibido. Y así también, con todo el dinero del mundo no estaríamos en condiciones de pagar el valor de una sola santa misa. Gracias a Dios, Él que la celebró por primera vez bajo el signo del Pan y del Vino ha pagado su precio dando la riqueza infinita de Su vida, todo un derroche de gracia y de bendiciones por nosotros. Abrán respondió con el diezmo, sin embargo no se quedaba allí. Respondió con toda su vida y cuando más se daba, más rica se hacía, se llenaba de sentido y de felicidad. Dichoso él que lo da todo a cambio de lo que recibe de Dios. Sentirá como los cinco panes y los dos peces de su miseria humana quedarán multiplicados hacia lo infinito. La divinización de la existencia humana es el premio de nuestro compartir con Dios.

2. La sangre aplicada en el marco de la puerta salva la vida de los israelitas. (Ex 12) La puerta untada con la sangre de Cristo se convierte en puerta que da a la vida, vida verdadera e imperecedera. El que entra por ella está salvado. El que se niega prefiere andar en el ámbito de la muerte. Vive su vida en una especie de cementerio como aquel endemoniado que tenía su domicilio en el cementerio (Mc 5). Allí vivía entre los sepulcros y nadie podía sujetarlo ni siquiera con cadenas. Continuamente, día y noche andaba entre los sepulcros dando gritos e hiriéndose con piedras. He aquí una descripción magistral de la miseria del hombre sin Dios. Es una vida de cementerio, encadenada por miles de vicios y pecados, que se hunde en una actitud de autodestrucción anticipando así la realidad de la segunda muerte que es la muerte perenne o el infierno. La muerte de Cristo en cambio, celebrada bajo el signo de Pan y Vino, nos brinda la vida verdadera, la vida eterna. Untar la puerta de nuestra existencia con la sangre de Cristo es vivir existencialmente el misterio de la santa eucaristía donde su sangre nos lava constantemente de nuestras impurezas y nos proporciona alegría. Esta sangre entra también en el sacramento de la santa confesión donde el Señor recibe la ruindad de nuestra existencia para darnos a cambio la suya en abundancia. El que se lava en la sangre del Señor es protegido contra las fuerzas destructoras y goza de una vida de hijo de Dios anticipando así la realidad del Reino.

3. El maná – pan bajado del cielo alimentaba a los caminantes por el desierto y les daba fuerza para conquistar la tierra Prometida. (Ex16). Todos vivimos de este pan que ha bajado del cielo. Los más santos, los grandes y pequeños del mundo, nadie puede vivir sin el pan de Dios, esté de ello consciente o no. Es un pan sustancioso que tiene muchos ingredientes, nos vigoriza, da ánimo en el decaimiento, contiene alegría, crea unidad y nos hace buscar vivir en paz con los demás. Es un pan que proporciona energía que es de invertir en la empresa más importante de nuestra vida: en colaborar en la divinización de nuestra existencia: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas las fuerzas y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 13). De la conquista de la tierra prometido aprendamos lo siguiente: Si bien es cierto que fue un don gratuito, sin embargo había que conquistarlo. Y así es con el cielo. Nadie puede ganárselo por sus propias fuerzas, es un don de Dios que sin embargo sólo se dará al que pone todo lo suyo para conquistarlo. Requiere una decisión, una concentración de nuestras fuerzas hacia una meta que es Dios. En la Santa Eucaristía que nuestro Señor celebró bajo el signo de Pan y Vino tienes por lo que vale la pena haber nacido, por lo que tiene sentido tu vida, lo que da respuesta definitiva al dolor humano, y finalmente tienes todo para conquistar la meta de tu existencia que es el Cielo. Es por entonces el pan incomparable, alimento celestial que sacia plenamente nuestros deseos de felicidad.

4. La sangre rociada por Moises, mitad sobre el altar y mitad sobre el pueblo sella un pacto de sangre entre el Señor y Su pueblo.

5. El pan de la sobrevivencia que prepara la pobre viuda al profeta Elías en tiempos de hambre (1Re 17). Tres años y medio no cae ni una gota de agua en Israel. El pueblo gime y languidece, carcomido por el hambre y la sed. Y es la viuda pobre de Sarepta la que salva la vida del profeta. ¿En tiempos de necesidad, de extrema pobreza – de quién se puede esperar el pan de la sobrevivencia? De los pobres. Los pobres, y más todavía cuando son también pobres en el espíritu, dan todo, dan desde la miseria lo poco que tienen. Jesús se ha introducido en este mundo como el absolutamente pobre: “Los zorros tienen guaridas y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre non tiene donde reclinar la cabeza. (Mc 9,58)”. La pobreza es la condición del compartir sin límites. Desde esa pobreza Jesús nos da bajo el signo de pan y vino todo lo que posee, la riqueza de su humanidad y de su divinidad y nos invita a entrar en la misma dinámica del compartir sin límites.

6. El pan que el ángel de Dios desciende del cielo para que el profeta en la fuerza de este pan logra avanzar hasta el monte Horeb.

7. El pan de la alegría que comparte el rey David con los habitantes de Jerúsalen luego de introducir el arca de la alianza en la capital, símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

8. Los vinos exquisitos para el banquete celestial descrito por el profeta Isaías en una visión grandiosa.

9. Pan y vino en el Cantar de los Cantares como símbolos para el ser humano en su disposición de entrega a Dios.

10. Pan y Vino – Cristo Total que se inmola para salvar al género humano.

YO SOY EL PAN VIVO BAJADO DEL CIELO. EL QUE COME DE ESTE PAN, VIVIRÁ PARA SIEMPRE. Y EL PAN QUE YO DARÉ ES MI CARNE. YO LA DOY PARA LA VIDA DEL MUNDO.

EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE TIENE VIDA ETERNA Y YO LO RESUCITARÉ EL ÚLTIMO DÍA. EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MIS SANGRE VIVE EN MÍ Y YO EN ÉL.

Será que ahora entendemos? Pan y vino es Cristo total que se inmola para salvar al género humano. Pan y vino eres tú y yo, cristificados, dispuestos a dejarnos devorar por el hambre de las multitudes. Es evidente lo que nos enseñan las Sagradas Escrituras: la vida es compartir y compartir es amar. Negarse a amar es convertirse en agua estancada que se pudre con efectos tóxicos. El egoísta se auto intoxica, el que ama – su vida entra en proceso de sanación. No hay que tener miedo de darlo todo por el todo. Nunca nadie se arrepintió que se dio sin medidas. Dándose sin límites es como se recibe sin límites y sólo el que pierde su vida la encontrará.