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EL NIÑO QUE PERDIÓ SU CARA Escrito por P. Pedro Bretzinger

Sucedió en el viaje de regreso. Una joven madre, con su hijo pequeño de dos años, además acompañada por una tía, tuvo un terrible accidente. El niño voló por el parabrisas y se topó con un objeto agudo que le cortó diagonalmente la cara. Quién lo ve al pequeñín en el hospital de niños tiene la impresión de ver un pedacito de miseria, que yace en su camita, casi sin poder moverse. La cabeza parece de una momia, sólo un ojito mira desde dentro. El cerebro quedó intacto, por milagro. El médico tratante nos explicó haber llegado a sus límites con sus posibilidades. La situación reclama a un especialista y una tecnología correspondiente que no hay en este país. La mayoría de la cara habría que refaccionar. No existe boca, se ven un par de dientes acumulados, sin cohesión, no hay nariz, falta una oreja y un ojo. Allí donde de ordinario se encuentra la cara no hay nada.

Y aun así, Jeremy quiere vivir, siente alegría al escuchar con un pequeño celular música folclórica, típica del país. Se nota, el niño quiere vivir, lucha por sobrevivir.

La pregunta es, que podemos hacer? Cómo podemos ayudar? Los costos requeridos superan ciertamente nuestras posibilidades. Es de pensar en alguna ONG, llegar a personas con posibilidades o a quienes tienen contactos con ellas.

La hmna. Helga Tullius coordinará las medidas de ayuda. Su e-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. La idea es, encontrar condiciones adecuadas que permiten la recuperación del rostro del pequeño Jeremy poiblemente fueradel país.

Quisiera invitarles a reflexionar sobre este suceso. No es fácil. No faltarán voces que aduzcan lo inadecuado de una descripción tan detallada del estado lamentable del rostro de ese niño.

Cierto, existen límites en la transmisión o expresión de lo horrorífico (ojalá lo tomaran en cuenta ciertos sectores de la industria de entretenimiento que hacen ganancias comerciales considerables con la glorificación de lo terrorífico y de la violencia sin preocuparse para nada de los efectos dañinos, particularmente en los consumidores jóvenes.)

Aquí se trata de afrontar una realidad para la que no hay sitio en una sociedad de diversión y placer.

El servicio en un hospital se desarrolla a diario entre una rutina que pierde paulatinamente la sensibilidad y el reto de abrirse cada vez de nuevo a lo terrible del sufrimiento humano.

La palabra "compasión" de contenido eminentemente positivo significa participación en el dolor ajeno, de manera que se sufre lo ajeno en cierto modo en la propia carne. Esta disposición de cargar dolor ajeno es un consuelo grande ya que se saca al sufriente de la insolación y soledad y se lo introduce de nuevo en el contexto global de la sociedad. Mediante la compasión se lo quita el nimbus de estorbo, de carga que impide a otros a ser felices. El compasivo manifiesta trato prioritario, preocupación exquisita al necesitado ya que se encuentra en desventaja respecto del que goza de buena salud.

Es una frase profunda, y hacemos bien dejarla penetrar hondamente en nuestro interior: una sociedad vale tanto como está dispuesta de asistir a sus miembros más débiles.

En la compasión, sin embargo, no existe únicamente la dimensión oblativa; el compasivo, a medida de su entrega, se encuentra enriquecido. A primera vista es la mirada agradecida, la sonrisa que se viene dibujando en el rostro del sufriente, quizás luego de un largo tiempo de desierto - sin embargo, es mucho más, es una alegría que brota de los estratos más profundos de su ser. Nadie se la puede describir sin haberla experimentado personalmente.

Los grandes santos nunca han dudado en recalcar que el ser humano que sufre sea el lugar preferencial de encuentro con Dios, Él que se revela precisamente en esa alegría desbordante.

Mirémoslo ejemplificado en un episodio de la vida de San Francisco de Asís: recién convertido en profundidad sucede el encuentro con un leproso. En un primer impulso, entra en pánico y huye. Una tristeza interior lo invade, siente, lo que hace es traición, luego, en un arranque de superación de toda repugnancia regresa y abraza al leproso; de pronto siente esa alegría desbordante que le brinda la certeza de tener al mismo Jesús entre sus manos.

En cada encuentro entre seres humanos siempre entran en juego dos realidades: Dios y el hombre. El ser humano es el camino que conduce a Dios y sólo desde Dios el ser humano es capaz de llegar en profundidad a su semejante.

Algo parecido sucedió en torno al pequeño Jeremy. Admito que hasta hoy no he visto nada parecido en cuanto a la desfiguración de un rostro humano.

Una señora que trabaja con nosotros, desde la primera hora de nuestro compromiso en el hospital de niños, al ver a Jeremy quedó traumada, no sabía como desprenderse del impacto de este rostro (sin serlo), una y otra vez asomaba ante sus ojos.

Siendo una mujer profundamente espiritual le decía: es Jesús que desea que lo cojas y que seas Su madrina."

La señora tomaba esa respuesta como clave del enigma que no comprendía hasta entonces.

En adelante no pasaba ni un día en que no estuviera visitando al pequeñín proporcionándole alguna que otra alegría, jugaba cantaba y le brindaba compañía y - o milagro del amor misericordioso y compasivo - los dos sienten invadidos y embuidos de esa alegría, expresión de este otro amor, todavía más grande, infinito, del mismo amor de Dios.

Al hablarles de eso, queridos hermano, es nuestra intención hacerles participar también a ustedes de esa alegría que brota de un amor compasivo que proviene de un corazón caluroso. Que cada uno de ustedes vislumbre como introducirse en ese milagro del compartir que nos hace felices a todos. Los pobres, enfermos, ancianos, encarcelados, refugiados, todos ellos son el camino de encontrar esa perfecta alegría.