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Extraño fenómeno: quisiéramos ser generosos, pero nos duele. Nos duele gastar, aunque no fuese más que un dólar. En familia, en comunidad, compartiendo con amigos, preferimos que el otro gaste de su dinero. A veces lo logramos con cierta discreción, otras veces con astucia, desarrollamos toda una diplomacia refinada a que el otro haga el gasto. A menudo se da la pelea abierta por el dinero, el dinero es uno de los motivos principales de todas las peleas.

Problemas económicos llevan a tensiones entre esposos, sobre todo cuando el hombre se niega a aportar en las necesidades más elementales de la vida, cuando lo quiere todo sólo para él. Cuando ganan los dos, cada uno quiere tener su dinero, ocultan lo que tienen para no gastar. Siempre preferible que sea el otro que pone el dinero, de lo que dispongo yo, es secreto, nadie lo debe saber. El rito de las arras, frecuentemente tomado en cuenta en las celebraciones matrimoniales, que alberga en si un deseo y pedido de prosperidad y a la vez un compromiso de compartir entre quienes se aman con todo lo que son y tienen, aparenta una verdadera burla: existe separación de bienes, cada uno dispone de lo suyo, el otro, por más bueno que sea, desde luego, no es de fiar. Una farsa del amor verdadero.

Y como no pensar en la difícil tarea de los padres al repartir la herencia. La apreciación de encontrarse perjudicados engendra odio y enfrentamientos entre los mismos familiares.

Familias quiebran porque ya no aguantan la tensión a causa de la escasez de dinero. Es un peso que aplasta, que abrume. Tantas necesidades por cubrir, tanta presión, amenaza. Si no se paga hoy, ahora, suceden cosas graves, desde la privación de los bienes, la pérdida de la libertad, un aumento drástico de las deudas. Pero ¿de dónde coger el dinero, a quién pedir? ¿Quién presta, quién tiene para ayudar? ¿Y si encuentra un corazón generoso, cómo devolvérselo luego? Familias que entran en esa dinámica sienten una sombra que cubre su existencia. El sol de la alegría se ha desvanecido, todo es problema y problema sin salida, no hay solución. En esa penumbra de existencia se pierde de vista el verdadero sentido de la vida. Todo está bañado de amargura, se ofusca la vista de tanta riqueza y belleza que originó el camino de dos seres que se amaban. Un veneno penetró en sus almas, el dinero ha sido la causa. Desde ahí todo se ve desde la perspectiva del dinero. Si hay dinero hay paz, sino peleas. El uno hace responsable al otro de la debacle que se vive, se discute sobre las verdaderas necesidades, el uno acusa al otro de despilfarrar. ¿Cómo salvar el amor en estas condiciones?

Lo descrito a nivel de familia encuentra su correspondiente a nivel de los pueblos abrumados con deudas impagables. Las crisis económicas sin perspectiva de salida parecen lentas y largas agonías. Leves mejorías ceden a nuevas y más graves crisis, constantemente amenaza el colapso, el caos político y social.

La escasez de dinero ha llevado a muchos a la desesperación. En tiempos de inflación, de recesión, cuando el dinero se devaluaba de un día al otro y un millón no alcanzó para el canasto de vida, no faltaban quienes se enloquecían, perdían la razón, se quitaron la vida. Lo que antes era el fundamento de su vida, se derrumbó, el sentido de su existencia se desvaneció y quedó la desnuda desesperación. El descubrimiento brusco y tardío de haber edificado sobre arena movediza, haber caído víctima de un fraude, de encontrarse al borde del precipicio mirando con pavor un abismo sin fondo. En este momento, ¿a quién acudir? Lo único que hasta entonces ha dado consistencia a la vida, ha sido el dinero. El dinero ha dado tranquilidad. Pero ahora ya no está, se descubre haber omitido encontrar otra fuente de seguridad.

Dinero gobierna el mundo, el negocio más lucrativo es el armamiento, el narcotráfico, la prostitución. Por el dinero es violada la tierra por sus propios hijos. Todo se mueve por dinero. De todo se pretende hacer dinero. La corrupción alcanza dimensiones nunca sospechadas.

Por el dinero se hace todo: la joven vende su belleza por dinero, los principios se traicionan por dinero, por dinero el jefe de estado abusa de su poder llenando sus cuentas bancarias en el extranjero, también en la Iglesia el sacerdote se presta vender los sacramentos abusivamente por dinero, los padres compensan su incapacidad de amar con dinero, se compra la confianza de los niños con dinero, los buenos puestos de trabajo se compran por dinero, los resultados de los partidos de futbol se consiguen con dinero, el árbitro pita favorable por el dinero, lo lobistas de futbol se aprovechan descaradamente de las masas adictas sacándoles horrendas sumas de dinero, para transmisiones, los equipos pagan millonadas a muchachos talentosos que no están preparados en el manejo de semejantes cantidades de dinero.

Por el dinero se mata, se roba, se engaña, se embauca, todo se hace por obtener el dinero. Se cambia el peso de la balanza, se utiliza material deteriorado, en un carro se ponen dos piezas en la mecánica y se sacan tres y por el robo todavía se cobra al cliente… , por el dinero los amigos se vuelven enemigos, por ganar dinero se destruye la salud física y espiritual de seres humanos, el contrabando de órganos.

Surge la pregunta de ¿cómo es de ver el fenómeno del dinero? Llegados a este punto hemos visto su fascinación, su necesidad, su peligro, pero también la alta responsabilidad de darlo un uso que sirva para el bien.

La meditación de un cuento mitológico nos ayudará profundizar la reflexión:

EL REY MIDAS

Había una vez un rey muy bueno que se llamaba Midas. Sólo que tenía un defecto: quería tener para él todo el oro del mundo. Un día el rey Midas le hizo un favor a un dios.

El dios le dijo:

- Lo que me pidas te concederé.
- Quiero que se convierta en oro todo lo que toque - dijo Midas.
- ¡Qué deseo más tonto, Midas! Eso puede traerte problemas, Piénsalo, Midas, piénsalo.
- Eso es lo único que quiero.
- Así sea, pues - dijo el dios.

Y fueron convirtiéndose en oro los vestidos que llevaba Midas, una rama que tocó, las puertas de su casa. Hasta el perro que salió a saludarlo se convirtió en una estatua de oro.

Y Midas comenzó a preocuparse. Lo más grave fue que cuando quiso comer, todos los alimentos se volvieron de oro.

Entonces Midas no aguantó más. Salió corriendo espantado en busca de dios.

-Te lo dije, Midas - dijo el dios-, te lo dije, pero ahora no puedo librarte del don que te di. Ve al río y métete al agua. Si al salir del río no eres libre, ya no tendrás remedio.

Midas corrió hasta el río y se hundió en sus aguas.

Así estuvo un buen rato. Luego salió con bastante miedo. Las ramas del árbol que tocó adrede, siguieron verdes y frescas. ¡Midas era libre!

Desde entonces el rey vivió en una choza que él mismo construyó en el bosque. Y ahí murió tranquilo como el campesino más humilde.

El cuento mitológico del rey Midas es la historia de una conversión. Existe un antes y un después y lo que divide los dos momentos, es el río en que el rey Midas se baña. Desde la simbología, no solamente cristiana, sino universal, podemos interpretar la sumersión en el agua como experiencia de purificación y liberación.

Punto de partida es la experiencia de un hombre bueno, y es importante que se le reconozca a Midas como tal. No es un hombre corrupto, dañado, sin escrúpulos, tampoco es déspota o tiene actitudes vulgares, no, es un hombre bueno.

Pero ese hombre bueno tenía un defecto, sólo un defecto. Tal vez tenía algunos defectos, pero es este que se menciona: quería tener todo el oro del mundo para él. La pregunta ahora es la siguiente: ¿“puede ser un hombre bueno cuando desea poseer todo el oro, hoy diríamos todo el dinero, del mundo entero y sólo para él? A primeras quisiéramos decir que no. No es posible ser bueno teniendo una inclinación a poseer mucho dinero. Sin embargo, esperemos un poco, no nos adelantaremos, el texto dice que Midas ha sido un hombre bueno, incluso, que extraño, que ha sido muy bueno. Respetemos la apreciación del sabio autor de la leyenda y al hacerlo, aprenderemos mucho del abismo inescrutable del corazón humano.

De acuerdo, pero ¿dónde podremos encontrar una pista para hallar la respuesta? La respuesta se da cuando miramos el fin del relato que dice que Midas ahora era libre. ¿Cuándo? Después de bañarse en el río. ¿De qué era libre? De una maldición que lo estaba llevando a la muerte.

Toda su existencia tenía sabor de oro, toda su vida era dinero, dinero, dinero. La obsesión del dinero enajenaba al rey de su verdadero ser. La convirtió en un hombre cuyo único sentido consistía en hacerse cada día más rico. Entraba en la dinámica de una realidad que lo absorbía totalitariamente. Desde entonces ya no era libre, se sometía a su dictamen y hacía todo lo que ella querría. Con la consecuencia que la realidad que le rodeaba adquiría sabor de oro; de ahí en adelante ya no podía imaginarse nada sin mirarlo desde el prisma del oro. Su dulce coloquio con dios a quién tanto amaba, ya no lo podía realizar sin pensar en dinero; la mujer que amaba y estaba a su lado, sin embargo el rey pensaba en el dinero; el perro que llevaba de paseo, caminaba junto a él, pero el rey pensaba en el dinero; las flores que siempre le encantaban, cuando las miraba, rey Midas pensaba en el dinero; una de sus ocupaciones más queridas, comer lo que le apetecía, ya no lo hacía como antes, cuando comía pensaba en el dinero.

El dinero le robaba a las personas y objetos que amaba, le robaba todo lo que poseía. El dinero robó al rey su inocencia, su originalidad y al darse eso, desde la perversión de su corazón, adquiría una visión nueva del mundo y del hombre que ya no le permitía comulgar con amor y pureza con Dios y lo creado por Él. En vez de lo perdido, el dinero lo proporcionaba otro ser, una identidad artificial, ficticia, engañosa que al inicio se lo prometía todo pero al final lo dejaba sin nada. En la riqueza absoluta y total, el rey Midas se experimentó como el pobre por excelencia revelándose aquella aparente riqueza como la miseria más lóbrega que puede sufrir el ser humano.

Ahora nos interesa saber ¿Cómo sucede la liberación de Midas? Aprendamos primero que en nuestros tratos con Dios no hemos de urgir a Dios que haga lo que nosotros queramos sino lo que nos convenga, lo que sea bueno para nosotros con miras a nuestra eterna salvación. En su inmadurez Midas se lanza de forma insaciable a lo inmediato. Dios se lo da, como el Padre Misericordioso se lo da al Hijo Pródigo, aún a sabiendas de su futura e inevitable perdición. Y cuando ésta se convierte en realidad, le da el consejo de someterse a una profunda purificación, en el caso concreto de quitarse literalmente el barniz de una ideología materialista, consumista y hedonista para que reluzca el verdadero ser nuevamente en su belleza original.

La purificación resulta dolorosa y es por dos razones: se trata de abandonar lo que se ha tenido durante mucho tiempo, lo que ha convivido cual segunda naturaleza. Al desprenderse de ella se da un vacío. Se deja lo uno sin tener todavía el otro. Cuantos prefieren en este punto el mal que conocen al bien por conocer. En eso Midas es admirable, no tenía dudas, aspira alcanzar la liberación, con todas las consecuencias. El problema de Midas, entonces, no ha sido su posible recaída, hemos mencionado ese peligro porque se da por doquier. Midas anhelaba de todo corazón ver el efecto de la medida proporcionada por la divinidad, quería verse libre, definitivamente libre. Y donde con semejante radicalidad se sigue los consejos de lo alto, las promesas ya son realidad.

“Desde entonces el rey vivió en una choza que él mismo construyó en el bosque. Y ahí murió tranquilo como el campesino más humilde “.

La liberación de la obsesión del dinero nos permite volver a vivir la belleza y originalidad de nuestra existencia humana. Sus valores más destacados son tranquilidad, humildad, sencillez, solidaridad, generosidad, alegría, amor y felicidad.

Que el Señor ilumine los ojos de nuestra alma para que seamos capaces de descubrir los verdaderos valores y poner en ellos nuestro corazón.

Vivamos ese tiempo de Cuaresma en espíritu de penitencia y generosidad y estemos dispuestos de recibir las bendiciones que el Señor nos quiere dar.

Con María y todos los ángeles y santos y en su amor.