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¿ACASO PREFIEREN AL SACERDOTE DOMESTICADO? Escrito por P. Pedro Bretzinger

1. Lo que más nos gusta a los sacerdotes es hablar de Dios. Dios es el gran desconocido en nuestro tiempo. En las noches y madrugadas lo buscamos en el silencio y en la oración. De día hablamos de Él en palabras y obras. El mensaje es sencillo como el mismo ser de Dios: ¡“Dios es Amor”! Y por entonces nuestra vida ha de hablar de amor. No de muchas cosas, sino de una sola, y es el amor, sólo del amor.

2. Y ese amor nos empuja – con entusiasmo, no por obligación – a dar alivio a los presos, a fortalecer la voluntad de los drogadictos, a jugar con los niños enfermos, a compartir alegrías y penas de las familias, a orientar a los jóvenes manipulados por una sociedad que propone premisas hedonistas y consumistas, a proporcionar algo de alegría a los ancianos y enfermos, rompiendo así un poco su monotonía y soledad. En todo eso expresa e interpreta el sacerdote el amor. El sacerdote es un enamorado del amor y no tiene otro deseo que el de enamorar con el amor a todos los que encuentra en el camino de la vida.

3. Hasta aquí creo que no haya quién contradiga a ese hermoso concepto de identidad sacerdotal – a no ser que sufra de perversión de grado elevado y – admito – que el número de tales va en aumento, drásticamente en aumento. Tal que ellos ahora pretenden ser mayoría y proponer sus premisas e imponer sus criterios para crear una sociedad en el que el amor no es amado, ni siquiera comprendido. El gran desconocido (por muchos) – el amor verdadero – es sustituido por lo que no es amor. La voluntad insaciable de poder, la prepotencia del dinero, el placer por encima de todo, el facilismo, la sexualidad vivida como erotismo neurótico, la pérdida progresiva de sensibilidad por la vida, todo ello preparando terreno a una civilización de muerte y desprecio a la vida sin precedentes.

4. Es allí donde se hace inevitable el choque y donde le toca comprender a la sociedad – y hasta a las más grandes autoridades – que no nos podemos callar. Por amor a Dios no nos podemos callar, por amor a los hermanos, al mundo, a la creación, no nos podemos callar y verás como el sacerdote, tan bonito (ay que bonito), tan amoroso (es todo un amor), se convierte en enemigo, ingrato, estorbo, político – en fin, es un peligro que hay que hacer callar (que es una forma de eliminar). Y no pocas veces, así lo ha comprobado la historia, la molestia de los descubiertos ha llegado a esos alcances extremos.

5. Sin embargo, la resistencia no se presenta sólo desde fuera; allí es – aunque tristemente – entendible. Viene también desde dentro. Dicen que prediquemos el Evangelio. Respondo en seguida: que evangelio quieren que prediquemos, el mutilado, el manipulado, el restringido, el adaptado al gusto de una sociedad que no quiere que se le corrija, sacuda, despierte, una sociedad que no quiere convertirse a Dios? En ese contexto, el sacerdote, enamorado de Dios y del amor, viviéndolo e interpretándolo constantemente, tiene que asumir un papel profético y hablar del desacuerdo de Dios con lo que se está viviendo en una sociedad sin Dios: es allí donde el sacerdote, le guste o no le guste, y que difícil y peligroso es eso, se reviste del No de Dios. Sin embargo, es el mismo amor de siempre, la misma fuerza que le empuja y que le hace sentir: “Ay de mi si no predico el Evangelio”. Por eso, hermanos, dejen de preferir a los sacerdotes domesticados por dictámenes del mundo. Oren por nosotros, den nos ánimo, para que seamos fieles al Evangelio de Jesucristo. Preparémonos para la lucha. El que no tenga espada que la compra – me refiero a la oración, el ayuno, a la espada tajante de la palabra que no admite ni sobornos ni concesiones.

6. Existe otro grupo que tiene dificultades de comprendernos: son personas conscientes de la problemática que vive el hombre de hoy. Su compromiso brota de un profundo espíritu humanitario, su entrega es admirable y están dispuestos al riesgo, no huyen el enfrentamiento con todos los riesgos que alberga. Sin embargo a nosotros nos dan a entender que con sólo rezar y hablar no se consigue el cambio necesario de la situación que nos aqueja y que nuestra supuesta pasividad nos lleva al borde de una complicidad que nos hace culpables ante el siniestro que clama y exige intervenir. En este punto se hace necesario un discernimiento: unir fuerzas no significa actuar uniformes. No creo que se enriquezca el panorama dejándonos llevar a actuar de la forma de ellos. No vamos a renunciar al Más (que nos proporciona Dios) para quedarnos con el Menos (que son nuestras pobres fuerzas y posibilidades). Esto no significa ausencia de solidaridad, ni mucho menos. Es más bien allí donde concertamos las acciones que son de tomar, cada cual desde lo mejor que tenga y que pueda, entregándose incansablemente, y si es con miedo – pues somos humanos – sin embargo confiando en Dios que revela su poder donde nosotros topamos con nuestros límites.

7. ¿Finalmente que decir de aquellos que nos amargan la vida y nos hacen sufrir tanto? Acaso les odiamos? No los odiamos. Sí, les queremos, pero los queremos como hermanos y no como quienes causan daño a sus semejantes. Mientras que no cambien, les esperamos a que rectifiquen sus actitudes y se dejen tratar como hermanos. Agotamos las posibilidades que nos proporcionan las leyes y seguimos orando por ellos. Les manifestamos nuestro punto de vista, nuestro desacuerdo y no callamos lo que pensamos, pese a insultos y amenazas de las que somos frecuentemente objetos de parte de los acusados. Dios nos pide que seamos testigos de la verdad. Y Dios tiene la última palabra. Terrible es caer en las manos del Dios vivo y verdadero, pues es un fuego devorador. Por eso les exhortamos a esos hermanos que quisiéramos que lo sean pero todavía no lo son, porque no lo permiten, a que rectifiquen tranquilamente su actitud y consideren la dignidad de sus hermanos – entonces seremos hermanos entre todos y tendremos la certeza de la bendición de Dios.

8. Escuchemos a Dios que habla por medio de san Juan“…el mensaje que oyeron desde el principio es que debemos amarnos los unos a los otros. No como Caín que era del maligno, y mató a su hermano. Y ¿Por qué lo mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas. No se extrañen, hermanos, si el mundo los odia. Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama, permanece en la muerte. Todo el que odia a su hermano es un homicida y saben que ningún homicida posee vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Si alguien que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” 1 Jn 3, 11-17