P. PEDRO BRETZINGER Escrito por P. Pedro Bretzinger

Nací el 3 de agosto del año 1955 en Bruchhausen, un pueblo pequeño de 2.000 habitantes. Mis padres se llaman Josef Bretzinger, de profesión jardinero y Klara Maier, dedicada en casa a la atención de seis hijos que tuvo el matrimonio.

Los tiempos, 10 años después de la segunda guerra mundial, se caracterizaban por una extrema pobreza. El semanal que cobró mi padre cada viernes alcanzó hasta martes de la semana siguiente. Entonces la madre solía hacer un pan de gran tamaño, trazó la señal de la cruz sobre él y esperaba que fuera a alcanzar hasta que llegue el viernes. En medio de la extrema pobreza éramos muy felices. La convivencia en familia, tantos amigos que llegaban a la casa para jugar con nosotros, los animales como vaca, cabras, cerdos, patos, gallinas, conejos, cuyes etc. etc., tenía algo de paradisíaco que hicieron inolvidables esos recuerdos.

La presencia de mi abuela Amalia garantizaba profundidad espiritual pues era mujer de mucha oración no obstante los 14 hijos que tenía, con el trabajo inmenso que traía su familia numerosa consigo. A ella le debo, según mí entender, dos grandes regalos: la devoción a María y mi vocación sacerdotal.

Con 9 años, ya siendo monaguillo junto a un sacerdote virtuoso que se llamaba P. Franz Rees, comuniqué el deseo de mi vocación sacerdotal a mis padres. Mientras que ellos se mostraban felices, pero preocupados por la carencia de dinero, la abuela no veía obstáculos más bien intensificaba sus oraciones y logró reunir los fondos necesarios para los estudios, haciendo participar el seminario menor de “Verbo Divino” con media beca, al Sr. Párroco con cuarta beca y ella misma, con sus últimas reservas con cuarta beca.

El tiempo del seminario menor que abarcaba todo el tiempo de estudio colegial hasta el bachillerato se caracterizaba por un gran fervor en los primeros años que luego se perdió debido a un apego excesivo al deporte; me apartó de la vivencia religiosa intensa y causó un enfriamiento en la vocación. Aun así, fue un año antes de la graduación, a causa de un sueño del que sentía que iba a cambiar el rumbo de mi vida, que volví a recuperar la alegría en Dios, perdida durante tantos años. En este último año antes de la graduación, más que trabajar con denuedo las materias requeridas para pasar los exámenes, me dedicaba a “devorar” todos los libros que podía encontrar sobre el tema de Dios, sin embargo la definición vocacional requería un tiempo más prolongado, faltaban todavía 5 años hasta ganar claridad.

En estos años no existía ni meta ni rumbo en mi vida, lo único que me movía era querer saber más de Dios. En consecuencia me inscribí en un instituto pedagógico para las materias “deporte” y “teología” en la hermosa ciudad de Heidelberg, medida que me proporcionaba 3 semestres de estudio y búsqueda de Dios en esta hermosa ciudad. Mientras tanto llegué a conocer al P. Vidal, el primer encuentro con él considero un momento estrella de mi vida; era entonces cuando inició Communio Sanctorum en aquel lunes de Pentecostés 1975. De ahí en adelante, el P. Vidal me hizo repetidas veces la pregunta si no quisiera ser sacerdote y cómo no lo tenía claro, decía que no. La claridad volvió el último día del semestre de verano del 1979, cuando regresé caminando a mi residencia estudiantil de 5 Km de distancia de la universidad de Friburgo, sentía de pronto tal seguridad desde Dios que tenía que sentarme en el suelo, llorando de alegría. Cuando se lo dije al P. Vidal se puso muy contento, sin embargo tocó encontrar a un obispo que entendiera nuestro proyecto de comunidad; la encontramos en la persona de Mons. Oscar Romero y luego en Mons. Leonidas Proaño. La ordenación sacerdotal tuvo lugar el 20 de marzo 1983 luego de servir durante el lapso de casi un año en la pastoral de la diócesis de Riobamba.

Del 15 de mayo 1983 al 14 de septiembre del 1985 pasamos, el P. Vidal y yo, dos años en Alemania, consolidando la comunidad y, a pedido de Mons. Emilio Stehle regresamos al Ecuador con el compromiso de colaborar en el levantamiento de la entonces nueva diócesis de Santo Domingo. Trabajamos 4 años en la nueva parroquia “Santa María de la Trinidad” para luego dedicarnos plenamente a Communio Sanctorum.

La convivencia entre los dos, el P. Vidal y mi persona, se caracterizaba, como él mismo solía decir, de una vocación realizada en dos personas que se complementaban. De hecho había grandes diferencias de índole nacionalidad, carácter, perfil espiritual, el uno era casi en todo lo contrario del otro, aun así había un profundo entendimiento y fructífera colaboración. Admiraba en el P. Vidal su entrega infatigable, su amabilidad con las personas con quienes trataba y a la vez la seriedad y gravedad que daban a sus acciones un aire de autoridad natural y espiritual. Agradaba también, y transmitía seguridad, que el Padre encontraba soluciones para todo, era un hombre muy práctico. Inolvidables los retiros espirituales con él, particularmente los de 40 días que tuvimos en dos ocasiones en España, en un monasterio benedictino, Santo Domingo de Silos y en un cisterciense, Santa Ana de Ávila. Mientras que el Padre escribía todo un libro en 40 días, yo apenas 10 páginas – el uno representaba la palabra, el otro el silencio. Cierto había diferencias de opinión pero nunca conflicto, el aprecio mutuo era muy grande. Al ver crecer cada vez más la comunidad y sus proyectos los dos nos confesábamos, entre sonrisa y seriedad, preferir partir primero el uno ante el otro de este mundo, antes de quedarse con semejante responsabilidad. En el caso del P. Vidal se unió otro aspecto: su fibra filosófica y su deseo de entender palpablemente los misterios de la fe, lo hacían decir con frecuencia: “Quisiera morir para ver”. A la final Dios dispuso a que el P. Vidal – a mi parecer merecidamente – fuera a partir primero de este mundo; fue una experiencia con sentimientos encontrados; el profundo dolor de su ausencia se mezclaba con la alegría de la certeza de su presencia junto a nosotros.

De ahí comienza un nuevo capítulo en la historia del Movimiento cuyos protagonistas están en este momento en un proceso de adentrarse en sus papeles para llevar adelante a la comunidad. El P. Vidal y el P. Pedro no han sido más, ni menos, que las semillas de algo que Dios quiere regalar a Su Iglesia. A otros les tocará recoger los frutos del trabajo de quienes iniciaban esta comunidad que consistía ante que nada en un acto de humilde fe que permitía a Dios de plasmar el proyecto de la comunidad. Cierto, entre debilidades humanas y pecados, pero dispuestos de darlo todo por el todo desde la conciencia de nuestra nada.

Con profunda gratitud al Señor, a María Santísima, San José y todos los ángeles y santos, protagonistas de la obra, y a la vez a quienes han respondido con Sí para continuarla, desde los tiempos del P. Vidal el P. Yorqui, el hmno. Gabriel, la hmna Anita, la hma Helga, después, con mucha fuerza, el P. Giovanni, Byron, los demás seminaristas y hermanas recién ingresadas y otros y otras que aspiran entrar en las filas de esta obra.

Termino con una frase que decía una y otra vez a quienes están caminando con nosotros aspirando o viviendo la consagración a Dios en esta comunidad. Estaría conforme y contento que de todo lo mío siquiera recordasen que el P. Pedro ha tomado en serio su vida de oración, el resto podrá ser añadidura. Que ese mismo deseo se cumpla en todos y cada uno de los que siguen atrás en el hermoso proyecto de Communio Sanctorum, para la gloria de Dios y el bien de las almas.


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con María y todos los ángeles y santos.