PADRE VIDAL GUTIÉRREZ Escrito por P. Pedro Bretzinger

“YO AMO A LA IGLESIA”


“Si tuviera que escoger una frase entre tantas que le escuché pronunciar al P. Vidal durante casi 30 años de convivir con él y que debía caracterizarlo en su peculiar identidad, sería ésta: “Yo amo a la Iglesia.

El P. Vidal Gutiérrez nació en Rocamundo, en el nor-este de España, entre las ciudades de Burgos y Santander el 21 de noviembre de 1940. Proviene de una familia humilde, último de 14 hijos y de padres muy religiosos. A menudo describía el P. Vidal el carácter silencioso de su madre como mujer que casi nunca hablaba mientras que su padre era todo lo contrario, hombre de muchas relaciones, un trobador a quien le gustaba cantar y crear un buen ambiente con chistes que hacían reír a sus oyentes. Es preciso conocer estos detalles para comprender que la espiritualidad del P. Vidal se expresa a lo largo de su vida en feliz síntesis de éstas riquezas heredadas de padre y madre.

De niño le atraía la Iglesia, servía de acólito al sacerdote y sentía muy pronto una inclinación al sacerdocio. Narra Cesáreo, su hermano mayor, un episodio que echa luz sobre el misterio de su vocación: “Una vez todos nos encontrábamos muy preocupados porque se hacía noche y el pequeño Vidal ín no llegaba a la casa. Lo buscábamos en todas partes. Cuando de pronto aparece, con un rostro calmado todos corrimos para abrazarlo. Todo ese tiempo estuvo junto a sus ovejas, sin darse cuenta de las horas que habían transcurrido. Desde entonces se hacía vislumbrar el destino que Dios tenía pensado para ésta vida: debía ser sacerdote y su madre lo intuía.

Con 11 años ingresa en el Seminario de los Padres Escolapios sin ver más a su familia hasta la celebración de su primera misa en el pueblo natal luego de su ordenación sacerdotal el día 19 de diciembre del 1964. En ése lapso de tiempo, durante sus estudios detectamos otro rasgo muy genuino de su personalidad: De niño ya lo dice a su hermano Cecilio antes de emprender sus estudios: “Seré el primero en clase”. Sería erróneo mirar en esta forma de hablar soberbia y deseo de superioridad. Desde niño el P. Vidal tenía una sed insaciable de desarrollar los talentos y capacidades que Dios ha puesto a su disposición.
 
Devoraba libros, sin dejar de profundizar. La famosa curiosidad del filósofo que querría saber y que no se cansaba de buscar hasta tocar el fondo del problema y encontrar respuestas sólidas y valederas. Este detalle influye en él poderosamente. Él mismo considera pro y contra de su itinerario espiritual cuando a veces dice gimiendo: “Como quisiera tener la fe humilde y sencilla, pero no se me está dado. Yo tengo que reflexionar, es el intelecto que reclama razones que tengo que encontrar. Mi fe no es cosa fácil y a veces se me invade con estremecimiento el pensamiento que la podría perder. “Por esta misma razón el P. Vidal rezaba diariamente como primera oración el Credo y decía muchas veces: “Quisiera morir rezando el Credo”. La difícil “conquista de su fe tenía también su lado bueno, y el P. Vidal lo sabía muy bien: “Me ayudará a comprender mejor a mis hermanos en este tiempo de incredulidad y darles las respuestas que necesitan para encontrar a Dios.”

Su primera experiencia pastoral de joven sacerdote lo lleva a un colegio de su comunidad en Granada donde ejerce su vocación de maestro, vivida con mucha cercanía a los jóvenes a los que se entrega con gran amor. Pronto sigue un llamado para misiones en Perú y Colombia. Terminada la experiencia siente necesidad de profundizar sus estudios y pide permiso a inscribirse en la “Sorbona” de Paris. Es allí donde se encuentra con un sacerdote alemán, el P. HansEichhorn quien lo lleva a Alemania para trabajar en un colegio dando clases de religión y filosofía y seguir estudiando en Heidelberg y Freiburg. Querría sacar un doctorado sobre el pensamiento de Federico Nietzsche. Los alumnos de los primeros tiempos recuerdan de manera inolvidable la llegada de éste sacerdote tan diferente a todos los que conocían: inicia sus clases sin saber el idioma (lo aprende paralelamente en un instituto), acompañado de su guitarra y fascinando a los jóvenes con un carisma espectacular. Uno de sus alumnos era Bernhard Bretzinger, hermano del que luego debía ser el P. Pedro y que se convirtió en acompañante inseparable hasta el final de su vida.

Sucedió así: el día lunes de Pentecostés del año 1975 se encontraron los dos en la casa de la familia del P. Pedro. Ambos sentían en este encuentro un llamado de emprender juntos un camino de búsqueda de Dios. Se fundó un primer grupo consistente de unas 12 personas, en su mayoría jóvenes que tenían sus dificultades con la fe y con la Iglesia. Fue una vivencia de grande intensidad espiritual. Era la primera semilla de un nuevo movimiento espiritual que llevaba el nombre “Communio Sanctorum”. Todo partía de dos preguntas:

- “¿Quién es Jesús?” Y
- “¿Cómo querría que sea Su Iglesia?

En encontrar una respuesta a esta pregunta debía consistir la razón de ser de éste movimiento.

Después de poner las bases de la comunidad en Alemania, los dos misioneros siguen un pedido de Monseñor Emilio Stehle que necesitaba de urgencia sacerdotes para levantar la prelatura Santo Domingo de los Colorados, desmembrada de la arquidiócesis de Quito. El 29 de septiembre se erige con los dos sacerdotes la parroquia “Santa María de la Trinidad” quienes tratan de darle una impronta que se puede describir con el lema: “Misión desde la contemplación” lo cual no siempre ni de todos fue comprendido puesto que se tenía la opinión que la actitud de adoración prolongada de los dos delante del Santísimo correspondiese más a la vivencia de un convento que de un lugar de misión. Sin embargo eran notorios los frutos de esta pastoral que brotaba de esta práctica de intensa oración.

Luego de implantar la comunidad en la capital comienza el gran proyecto educativo cuya realización absorbe casi la totalidad de las energías del P. Vidal hasta el final de su vida. Fruto de esta labor incansable era la unidad educativa “Nazaret”, la escuela “Santa María” y la escuela San “José de Nazaret” de Punta Blanca.

Gran espacio de su atención pastoral dedicaba a los sacerdotes. No de una forma oficial o desde un nombramiento de parte de la diócesis, más bien a título personal, cultivando lazos de fraternidad con los hermanos sacerdotes y en especial con el Sr. Obispo a quién visitaba a menudo proponiendo sus criterios sobre asuntos eclesiales.

Pese al volumen de su trabajo tenía tiempo para todos. Conversaba con los jóvenes, hablaba con los trabajadores, visitaba familias, realizaba viajes misioneros al extranjero, encontrando esta expresión multifacética de su vida su unidad en los largos ratos de oración delante del Santísimo.

Su vida, trágicamente terminada en un accidente de tránsito el día 30 de octubre del año2004. Fue un regalo de Dios para los que lo conocían y un ejemplo de santidad que se propone por imitar.

“Morir rezando el Credo". La difícil con¬quista de su fe tenía también su lado bue¬no, y el P. Vidal lo sabía muy bien: "me ayudará a comprender mejor a mis her¬manos en este tiempo de incredulidad y darles las respuestas que necesitan para encontrar a Dios."

Su primera experiencia pasto¬ral de joven sacerdote lo lleva a un colegio de su comunidad en Granada donde ejerce su vocación de maestro, vivida con mucha cercanía a los jó¬venes a los que se entrega con gran amor. Pronto sigue un lla¬mado para misiones en Perú y Colombia. Terminada la ex¬periencia siente necesidad de profundizar sus estudios y pide permiso a inscribirse en la "Sorbona" de París. Es allí-donde se encuentra con un sacerdote alemán, el P. HansEichhorn quien lo lle¬va a Alemania para trabajar en un colegio dando clases de religión y fi¬losofía, y seguir estudiando en Heidelberg y Freiburg. Que¬ría sacar un doctorado sobre el pensamiento de Federico Nietzsche. Los alumnos de los primeros tiempos recuer¬dan de manera inolvidable la llegada de este sacerdote tan diferente a todos los que co-nocían: inicia sus clases sin saber el idioma (lo aprende paralelamente en un instituto), acompa¬ñado de su guitarra y fascinando a los jó¬venes con un carisma espectacular. Uno de sus alumnos era Bernhard Bretzinger, hermano del que luego debía ser el P. Pe¬dro y que se convirtió en acompañante inseparable hasta el final de su vida.