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MISIÓN DESDE LA CONTEMPLACIÓN Escrito por P. Pedro Bretzinger

Leyendo el artículo sobre el P. Vidal Gutiérrez uno se da cuenta fácilmente de que nuestras vidas han sido bastante entrelazadas. Le conocí al P. Vidal cuando tenía 19 años y era estudiante de teología.

La vocación sacerdotal que tenía desde la edad de ocho años se iba debilitando durante los años de estudio en el colegio y en el internado "Verbo Divino". En los primeros años - hablemos de la edad de 10 a 12 años- sentía por primera vez la vocación misionera, ardía en mi corazón el deseo de irme a la India, ciertamente influenciado por la lectura de grandes misioneros que dieron su vida por Cristo en países lejanos.

El próximo impulso misionero se dio ya formada la primera célula de "Communio Sanctorum", un grupo de 12 a 15 jóvenes en torno al P. Vidal. Existían contactos con sacerdotes, comunidades religiosas en tierras de misión, especialmente en Centro América. El P. Vidal llegó a conocer a Monseñor Osear Romero que luego debía jugar un papel decisivo en nuestras vidas. Durante el lapso de varios años lanzábamos iniciativas para apoyar proyectos concretos de evangelización en estos países. Era una experiencia hermosa, vivíamos de cerca las inquietudes de la gente a la que apoyábamos desde Alemania.

Tres años antes de terminar mis estudios de filosofía y teología en Freiburg se consolidaba mi vocación sacerdotal y surgió a la vez un gran interrogante: "¿Cómo compaginar mi vocación sacerdotal con la pertenencia a una comunidad que recién se inició, carente todavía de estructuras bien definidas? Fue Monseñor Romero quien dio pleno apoyo al proyecto de nuestra comunidad y estaba dispuesto a ordenarme sacerdote en su Arquidiócesis, pero para "Communio Sanctorum". Quince días después de recibir su carta de consentimiento sucedió el asesinato del Arzobispo en la capilla de la Divina Providencia de San Salvador. La situación tumultuosa del país no aconsejaba pensar en la consecución de nuestro objetivo. El Vicario General nos orientaba a un Obispo amigo de Monseñor Romero, a saber, Monseñor Leónidas Proaño.

Pasado un año pastoral en la Diócesis de Riobamba, recibí la ordenación sacerdotal en Cebadas, un pueblo pequeño, 37 Km. al sur de Riobamba, a favor de la comunidad "Communio Sanctorum". Luego de un tiempo de servicio pastoral en ambiente indígena regresé a Alemania para consolidar durante dos años los grupos del Movimiento.

El 15 de septiembre de 1985 regresamos con el P. Vidal al Ecuador, por solicitud de Mons. Emil Stehle que necesitaba de urgencia, sacerdotes para levantar la Prelatura de Santo Domingo de los Colorados, recién desmembrada de la Arquidiócesis de Quito. El pedido consistía en ayudarle a Mons. Stehle por cinco años para luego concentrarnos más explícitamente en los asuntos de la extensión de nuestra comunidad.

El enfoque de nuestro trabajo ha sido siempre desde la contemplación. Las críticas de algunos hermanos sacerdotes se desvanecían fácilmente frente a los resultados obtenidos. Hasta hoy puedo decir con sano orgullo que todas las personas que en este momento están al frente de nuestros proyectos "se han criado con el Santísimo Sacramento" es decir, han sido introducidas a la adoración prolongada del Santísimo Sacramento. Eso le da una cierta solidez y seguridad a nuestra labor y sobre todo la sensación de que lo que se hace, no se hace por propia cuenta, sino en nombre Dios. Finalmente quisiera mencionar dos frases que - más bien en lo personal - han marcado mi existencia sacerdotal:

"Salus animarum lex suprema est" "La salud de las almas es suprema ley", verdad que me ha empujado a actuar - lo confieso - en ciertas ocasiones (excepcionales) en contra de reglas establecidas por las autoridades diocesanas. "Los santos van al infierno", frase que quizás sorprende a primera vista pero que sin embargo desarrolla toda su profundidad mirándola más detenidamente. Significa imitar a Jesús en la búsqueda de lo realmente perdido, de modo que, no se quede simplemente en el apoyo de personas que ya están convertidas en la labor pastoral.

Para terminar, se me viene a la mente una frase de San Josef Freindemetz, misionero intrépido de la congregación de Verbo Divino en la China. Él amaba tanto a la gente que evangelizaba que decía: "En el cielo quisiera ser un Chino." "Yo quisiera ser en el cielo un ecuatoriano, pero también me gustaría ser chileno, salvadoreño, alemán, español y norteamericano", en fin por donde el misionero trabaja debe amar e identificarse totalmente con la gente, de otra manera, sería aconsejable que mejor prepare su maleta y vaya a su casa. Sólo un amor sincero e incondicional justifica dejarlo todo para servir al Señor y a los demás.