San José de Punta Blanca

"SED SANTOS COMO YO SOY SANTO" Escrito por P. Pedro Bretzinger

Solo Dios es santo. Y toda santidad deriva de Dios.

En las Sagradas Escrituras se nos presenta la santidad no como una posibilidad de realización de nuestra existencia humana. Es un imperativo: "Sed santos como yo soy santo".

Desde las primeras páginas de la Biblia se nos revela que el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26). Se trata de una condición ontológica que permite al hombre a relacionarse íntimamente con Dios. Sin embargo esta capacidad que constituye a la vez un singular privilegio presupone y requiere el correcto uso de su libertad puesto la creación a imagen y semejanza de Dios no corresponde a un automatismo que pueda prescindir de la colaboración humana. Todo lo contrario. No es algo estático sino dinámico: en la medida que el hombre cultiva su relación con Dios por medio de un diálogo amoroso que tiende a abarcar toda su vida en todos sus aspectos, queda el ser humano transformado en Dios o transparenta la vida de Dios en la propia suya. Una vida de pecado grave y de vicios vergonzosos no refleja la imagen de Dios sino adquiere más bien rasgos diabólicos.

En el segundo relato de la creación del hombre, Génesis 2, explica el autor sagrado que el hombre es creado de barro al que el Creador sopla el principio vivificante de Su Espíritu por lo cual se convierte en un ser viviente. Dos principios se encuentran en un mismos ser de los que el uno intuye el comienzo y el otro el fin de su existencia. El hombre es creado de barro para convertirse en un ser divino que participa de la santidad de Dios. Y esto por medio de un proceso de santificación. Desde que entró el pecado adquiere este proceso una dimensión adicional. No es solamente santificación, es también purificación.

Si echamos ahora una mirada a La Sagrada Escritura en su totalidad podemos percibir fácilmente que el fenómeno de la santidad es multifacético. Depende de muchos factores: del carácter de la persona, de las circunstancias de diversa índole, de la misión concreta que el Señor le encarga por cumplir.

La santidad de un Abraham es santidad fundadora. Escuchando la voz de Dios lo deja todo para dirigirse adonde ella quería, sin conocer, sin saber nada, sólo confiando en las promesas dadas por Dios.

La santidad de Moisés es liberadora. Saca al pueblo de la esclavitud de Egipto y en sentido más profundo saca de la esclavitud del pecado. Por medio de los diez mandamientos enseña la voluntad de Dios. Diez palabras de vida, diez palabras de libertad. La santidad de Moisés deriva de su mismo nombre: Moisés, un sacado de las aguas, saca todo un pueblo, y a través de los Diez Mandamientos, toda una humanidad del pecado a la libertad.

La santidad de los profetas es santidad vigilante que denuncia y corrige el olvido del cumplimiento de la voluntad de Dios. Santidad que actualiza la presencia de Dios en medio de Su pueblo, despertándolo del sueño de la apatía y de la indiferencia. Santidad que intercede y se sacrifica, poniéndose en la brecha entre Dios y Su pueblo. También anuncia acontecimientos venideros señalando a Dios cómo Señor y Dueño de todo lo creado. Es testigo de la esperanza y confianza en un Dios que todo lo terminará bien.

La santidad de los sabios que, iluminados por el Espíritu Santo y partiendo del temor de Dios, explican los enigmas de la creación, enseñan el recto modo de vivir. El tipo del justo que toma en cuenta a Dios en todas sus empresas y se sabe incapaz de vivir sin la luz recibida de lo alto. Esa luz la encuentra en la Palabra de Las Escrituras. "Lámpara es tu Palabra para mis pasos" (Salmo 119) y esa Palabra la medita día y noche en dulce coloquio con Su Creador.

Inspirados en los salmos podemos distinguir entre santidad ya consumada y llegada a la meta final, al descanso en el Señor, disfrutando para siempre el premio de la lucha y de la práctica perseverante de las buenas obras y la santidad constantemente acosada por fuerzas oscuras.

"Estoy tirado entre leones, devoradores de hombres; sus dientes son lanzas y flechas; su lengua, una espada afilada." (Sal 57,5) "Han tendido una red a mis pasos para hacerme caer, cavaron una tumba ante mí, pero cayeron en ella" (salmo 57,7). Siempre Dios es invocado como fortaleza y baluarte, refugio y defensor. Estas y otras afirmaciones parecidas, lejos de ser síntomas de una psicología de complejo de persecución, revelan más bien una verdad profunda: santidad aquí en la tierra es combate feroz contra las fuerzas del mal. En la secuencia pascual se canta sobre una singular batalla, vida y muerte lucharon y la vida triunfó. Toda batalla espiritual tiene su imagen original en la lucha del Verbo de Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret y es a la vez participación de ella. La meditación asidua de los salmos nos hace comprender que ángeles y seres humanos estamos envueltos en la lucha feroz entre las fuerzas del bien y del mal hasta el final de los tiempos. La siempre nueva orientación hacia Dios a través de la oración y la meditación de Su Palabra nos abastecen con la fuerza necesaria para vencer con Su ayuda el mal.

Y finalmente la santidad de los pequeños y humildes que se llaman "los pobres de Yahvé" que esperan todo de Dios en quien encuentran toda su riqueza.

El Nuevo Testamento nos ofrece nuevos rasgos de santidad:

La santidad petrina admiramos en los grandes guías y pastores de la Iglesia Jerárquica. Pastores según el Corazón de Dios de acuerdo al Buen y Eterno Pastor de las almas Jesucristo. Hombres de espíritu, cercanos al pueblo, Padres de los pobres, concienzudos y correctos en la administración, sacrificando su vida por su grey.

La santidad paulina es misionera que no huye ni fatiga ni cansancio para llevar el mensaje del Evangelio hasta los confines de la tierra. Parte de la necesidad de anunciar la Palabra en tiempo o destiempo, devorada por el celo de las almas y sintiéndose empujada por la Voluntad irresistible del Padre de salvar al género humano: "Ay de mi si no anuncio el Evangelio". Dios es experimentado como un fuego devorador que obliga a hablar y al que no se puede resistir.

La santidad joánica es contemplativa. El apóstol preferido que descansa su cabeza en el pecho del Señor es familiarizado con los latidos de Su Corazón. Conoce íntimamente sus sentimientos, amor adolorido, dolor amoroso por un mundo en vías de perdición. "Tanto amó Dios al mundo que entregó a Su único Hijo para que todo el que cree en Él quede salvado". Pero esta salvación tiene un precio. "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" Jn 1,

La santidad contemplativa desciende con Jesús al infierno de las almas y comparte con ellas el pan de la incredulidad (Santa Teresa del niño Jesús).

La santidad magdalénica es una santidad que parte del fondo de la miseria humana. Arrepentida del pecado confía ilimitadamente en la misericordia del Señor acompañando y acelerando el proceso de sanación del alma con obras de penitencia e incluso adoptando el estado de penitente que actualiza día tras día la propia conversión. Fuerza de ello recibe de la experiencia gratuita e inmerecida de un amor sin límites que no distingue entre buenos y malos sino que anima a todos, en donde estén, a emprender, sin mirar atrás, el camino de la santidad.

La santidad mariana reúne todas las características maternales: bondad, ternura, preocupación amorosa, entrega incondicional. Engendra ese calor humano que hace atractiva a la Iglesia en un mundo frío, y existencias carentes de amor.

Si miramos estos aspectos distintos de santidad podemos echar una mirada más profunda al fenómeno y decir que toda santidad encarnada en el ser humano es santidad cristocéntrica. Esto vale decir tanto de los santos del AT como del NT. Cristo es el centro de la historia, es como el sol que emite sus rayos hacia el pasado y hacia el futuro, distinguiéndola de la santidad de los ángeles que deriva de una particular afinidad con el Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad.

Aquí entendemos el verdadero sentido de la predestinación cristiana que llega a su término, no automáticamente sino allí donde el ser humano ama a su Dios. "Sabemos además que todo contribuye al bien de los que aman a Dios. Porque a los que conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que desde el principio destinó, también los llamó; a los que llamó les otorgó la salvación; y a quienes otorgó la salvación, les comunicó su gloria. (Rom 8,28-30).

La santidad es un don gratuito de Dios que sin embargo hay que conquistarlo. El mejor ejemplo de ello es la dádiva de la tierra prometida al pueblo de Israel. Lo que era el gran regalo de Dios y objeto de la promesa a Abraham había que conquistarlo en una gran batalla. "El reino de los cielos es de los violentos". La vida de los santos enseña que sólo los que obran entre temblor y temor su salvación, la obtendrán. "Es inimaginable lo que Dios puede hacer de una persona que se le entrega incondicionalmente", dice San Ignacio de Loyola.

"Sed santos para que seáis santos como Yo" "Inquieto es nuestro corazón hasta que encuentre descanso en Dios". "Sólo en Dios descansa mi alma, de Él viene mi salvación" (Sal 62,2).